Colegio Evangélico La Palabra
Quetzaltenango, Guatemala C.A.
Oscar A. Domínguez L.
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El problema de la Infalibilidad papal




A continuación una transcripción del discurso del obispo Joseph Georg
Strossmayer. Se ha conservado la redacción y la puntuación original,
aunque a veces se halle reñida con el uso y la ortografía actual.

Discurso del Obispo Joseph Georg Strossmayer pronunciado ante
Pio IX en el Concilio Vaticano de 1870.

Venerables Padres y Hermanos:

No sin temor, pero con una conciencia libre y tranquila ante Dios que vive y me vé, tomo la
palabra en medio de vosotros, en esta augusta asamblea.
Desde que me hallo sentado aquí con vosotros, he seguido con atención los discursos que
se han pronunciado en esta sala, ansiando con grande anhelo que un rayo de luz,
descendiendo de arriba, iluminase los ojos de mi inteligencia y permitiése votar los cánones
de este Santo Concilio Ecuménico con perfecto conocimiento de causa.
Penetrado del sentimiento de responsabilidad, por lo cual Dios me pedirá cuenta, me he
propuesto estudiar con escrupulosa atención los escritos del Antiguo y Nuevo Testamento
y he interrogado a estos venerables monumentos de la verdad, para que me diesen a
saber si el Santo Pontífice, que preside aquí, es verdaderamente el sucesor de San Pedro,
Vicario de Jesucristo e Infalible doctor de la Iglesia.
Para resolver esta grave cuestión me he visto precisado a ignorar el estado actual de las
cosas y a transportarme en mi imaginación, con la antorcha del Evangelio en las manos, a
los tiempos que ni el Ultramontanismo ni el
Galicanismo existían, y en los cuales la Iglesia
tenía por doctores a San Pablo, San Pedro, Santiago y San Jorge, doctores a quienes nadie
puede negar la autoridad divina sin poner en duda lo que la Santa Biblia, que tengo
delante, nos enseña y la cual el Concilio de Trento proclamó como la regla de la fe y de la
moral.
He abierto, pues, estas sagradas páginas: y bien, ¿me atreveré a decirlo? Nada he
encontrado que sancione próxima o remotamente la opinión de los ultramontanos. Aún es
mayor mi sorpresa, porque no encuentro en los tiempos apostólicos nada que haya sido
cuestión de un papa sucesor de San Pedro y Vicario de Jesucristo, como tampoco a
Mahoma que no existía aún.
Vos, monseñor Manning, diréis que blasfemo; y vos, monseñor Fie, diréis que estoy
demente. ¡No, monseñores, no blasfemo, ni estoy loco! Ahora bien, habiendo leido todo el
Nuevo Testamento, declaro ante Dios con mi mano elevada al gran Crucifijo, que ningún
vestigio he podido encontrar del Papado, tal como existe ahora.
No me rehuséis vuestra atención, mis venerables hermanos, y con vuestros murmullos e
interrupciones justifiquéis a los que dicen como el padre Jacinto, que este Concilio no es
libre, porque vuestros votos han sido de antemano impuestos. Si tal fuese el hecho esta
augusta asamblea, hacia la cual todas las miradas del mundo están dirigidas, caería en el
más grande descrédito.
Si deseáis ser grandes, debemos ser libres. Agradezco a su excelencia, monseñor
Dupanloup, el signo de aprobación que hace con la cabeza. Esto me alienta y prosigo.
Leyendo, pues, los santos Libros con toda la atención de que el Señor me ha hecho capaz,
no encuentro un sólo capítulo, o un versículo, en el cual Jesús dé a San Pedro la jefatura
sobre los apóstoles, sus colaboradores.
Si Simón, el hijo de Jonás, hubiése sido lo que hoy día creemos sea su Santidad
Pio IX,
extraño es que no les hubiése dicho: "Cuando haya ascendido a mi Padre, debéis todos
obedecer a Simón Pedro, así como ahora me obedecéis a mí. Le establezco por mi Vicario
en la tierra. No solamente calla Cristo sobre este particular, sino que piensa tampoco en
dar una cabeza a la Iglesia, que cuando promete tronos a sus apóstoles, para juzgar a las
doce tribus de Israel (Mateo, 19:28), les promete doce, uno para cada uno, sin decir que
de entre dichos tronos uno sería más elevado, el cual pertenecía a Pedro. Indudablemente,
si tal hubiése sido su intento, lo indicaría. ¿Que hemos de decir de su silencio? La lógica
nos conduce a la conclusión de que Cristo no quiso elevar a Pedro a la cabecera del colegio
apostólico.
Cuando Cristo envió a los apóstoles a conquistar el mundo, a todos dió la promesa del
Espíritu Santo. Permitidme repetirlo: si El hubiése querido constituir a Pedro en su Vicario,
le hubiera dado el manod supremo sobre su ejército espiritual. Cristo, así lo dice la Santa
Escritura, prohibió a Pedro y a sus colegas reinar o ejercer señorío o tener potestad sobre
los fieles, como hacen los reyes gentiles. (Lucas, 22, 25, 26) Si San Pedro hubiése sido
elegido Papa. Jesús no diría esto; porque según vuestra tradición, el Papado tiene en sus
manos dos espadas, símbolos del poder espiritual y temporal. Hay una cosa que me ha
sorprendido muchísimo: Resolviéndola en mi mente me he dicho a mi mismo: si Pedro
hubiése sido elegido Papa, ¿se permitiría a sus colegas enviarle con San Juan a Samaria
para anunciar el Evangelio del Hijo de Dios? (Hechos, 2:15).
¿Que os parecería, venerables hermanos, si nos permitiésemos ahora mismo enviar a su
Santidad Pio IX, y a su eminencia monseñor Plautier al Patriarca de constantinopla para
persuadirle a que pusiese fin al cisma del Oriente? Mas, he aquí otro hecho de mayor
importancia. Un Concilio Ecuménico se reune en Jerusalén para decidir cuestiones que
dividían a los fieles. ¿Quien debiera convocar este Concilio si San Pedro fuése Papa?
Claramente San Pedro ¿Quién debiera presidirlo? San Pedro o su delegado. ¿Quien debiera
formar o promulgar los cánones? San Pedro. Pues bien, ¡Nada de esto sucedió! Nuestro
apóstol asistió al Concilio, así como los demás, pero no fué quien reasumió la discusión
sino Santiago y cuando se promulgaron los decretos se hizo en nombre de los apóstoles
ancianos y hermanos. (Hechos, 15).
¿Es esta la práctica de nuestra Iglesia? Cuanto más lo examino, ¡oh venerables hermanos!
tanto más estoy convencido que en las Sagradas Escrituras, el hijo de Jonás no parece ser
el primero.
Ahora bien; mientras nosotros enseñamos que la Iglesia está edificada sobre San Pedro,
San Pablo, cuya autoridad no puede dudarse, dice en su epístola a los Efesios, 2:2o, que
está edificada sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra
del ángulo Cristo mismo.
Este mismo apóstol cree tan poco en la supremacía de Pedro, que abiertamente culpa a los
que dicen: "Somos de Pablo, somos de apolo (1o Corintios 1:12) ; así como culpa a los
que dicen: "somos de Pedro". Si este último apóstol hubiése sido el Vicario de Cristo, San
Pablo se habría guardado bien de no censurar con tanta violencia a los que pertenecíana su
propio colega. El mismo apóstol Pablo, al enumerar los oficios de la Iglesia, menciona
apóstoles, profetas, evangelistas, doctores y pastores.
¿Es creible, mis venerables hermanos, que San Pablo, el gran apóstol de los gentiles,
olvidase el primero de estos oficios del Papado, se el Papado fuera de divina institución?
Este olvido me parece tan imposible como el de un historiador de este Concilio que no
hiciese mención de su Santidad Pio IX. (Varias veces: ¡Silencio, hereje, silencio!
Calmaos, venerables hermanos, que todavía no he concluído. Impidiéndome que prosiga,
manifestaríais al mundo que procedéis sin justicia, cerrando la boca de un miembro de esta
asamblea. Continuaré: el apóstol Pablo no hace mención en ninguna de sus epístolas, a las
diferentes iglesias, de la primacía de Pedro. ¿Si esta primacía existiese, si, en una palabra,
la Iglesia hubiése tenido una cabeza suprema dentro de sí, infalible en enseñanzas, podría
el gran apóstol de los gentiles olvidar el mencionarla? ¡Que digo! Más probable que hubiése
escrito una larga epístola sobre esta importante materia. Entonces, cuando el edificio de la
doctrina cristiana fué erigido ¿podría, como lo hace, olvidarse de la fundición, de la clave del
arco? Ahora bien; si no opináis que la Iglesia de los apóstoles fué herética, lo que ninguno
de vosotros desearía u osaría decir, estamos obligados a confesar que la Iglesia nunca fué
mas bella más pura, ni mas Santa que en los tiempos en que no hubo Papa. (Gritos de:
¡No es verdad! ¡No es verdad! No digo monseñor Laval, "No", Si alguno de vosotros, mis
venerables hermanos, se atreve a pensar que la Iglesia que hoy tiene un Papa por cabeza,
es más firme en la fé, más pura en la moralidad que la Iglesia apostólica, dígalo
abiertamente ante el universo, puesto que este recinto es un centro desde el cual nuestras
palabras volarán de polo a polo.
Prosigo: ni en los escritos de San Pablo, San Juan o Santiago se descubre traza alguna o
germen del poder Papal. San Lucas, el historiador de los trabajos misioneros de los
apóstoles, guarda silencio sobre este importantísimo punto. El silencio de estos hombres
santos, cuyos escritos forman parte del canon de las divinamente inspiradas Escrituras me
parece tan penoso e imposible, si Pedro fuese Papa, y tan inexcusable como si Thievs,
escribiendo la historia de Napoleón Bonaparte, omitiese el título de emperador.
Veo delante de mí un miembro de la asamblea que dice señalándome con el dedo: "¡Ahí
está un obiso cismático, que se ha introducido entre nosotros con falsa bandera". No, no,
mis venerables hermanos; no he entrado en esta augusta asamblea como un ladrón por la
ventana sino por la puerta, como vosotros; mi título de obispo me dió derecho a ello, así
como mi conciencia cristiana me obliga a hablar y decir lo que creo sea verdad.
Lo que más me ha sorprendido y que, además, se puede demostrar es el silencio del
mismo San Pedro. Si el apóstol fuese lo que proclamáis que fue, es decir, Vicario de
Jesucristo en la tierra, él, al menos, debiera saberlo. Si lo sabía ¿como sucede que ni una
sola vez obró como Papa? Podría haberlo hecho el día de Pentecostés, cuando predicó su
primer semón, y no lo hizo; en el Concilio de Jerusalen, y no lo hizo en Antioquía, y no lo
hizo, como tampoco lo hace en las dos epístolas que dirige a la Iglesia. ¿Podéis imaginaros
un tal Papa, mis venerables hermanos, si es que Pedro era Papa?
Resulta, pues, que si queréis sostener que fué Papa, la consecuencia natural es que él no
lo sabía. Ahora pregunto a todo el que tenga cabeza con que pensar y mente con qué
reflexionar: ¿son posibles estas dos suposiciones? Digo, pues, que mientras los apóstoles
vivían, la Iglesia nunca pensó que había Papa. Para sostener lo contrario, sería necesario
entregar las Sagradas Escrituras a las llamas o ignorarlas por completo. Pero escucho decir
por todos lados: "Pues qué, ¿no estuvo San Pedro en Roma? No fue crucificado con la
cabeza abajo? ¿No se hallan los lugares donde enseñó, y los altares donde dijo misa, en
esta ciudad eterna?
Que San Pedro haya estado en Roma, reposa, mis venerables hemanos, sólo sobre la
tradición; más aún, si hubiese sido obispo de Roma ¿cómo podéis probar con su
espicopado su supremacía? Scaligero, uno de los hombres más eruditos, no vacila en decir
que el episcopado de San Pedro y su residencia en Roma, deben clasificarse entre las
leyendas ridículas ("Repetidos gritos: ¡Tapadle la boca; hacedle descender del púlpito).
Venerables hermanos, estoy pronto a callarme, más ¿no es mejor en una asamblea como
la nuestra, probar todas las cosas como manada el apóstol y creer todo lo que es bueno?.
Pero, mis venerables amigos, tenemos un dictador ante el cual todos debemos postrarnos
y callar, aún su Santidad Pío IX, e inclinar la cabeza. Ese dictador es la historia, Esta no es
como un legendario que puede reformar el estilo con que el alfarero hace su barro, sino
como un diamante que esculpe en el cristal palabras, indelebles. Hasta ahora me he
apoyado sólo en ella, y no encuentro vestidio alguno del Papado en los tiempos
apostólicos; la falta es suya; no es mía. ¿Queréis quizá colocarme en la posición de un
acusado de mentira? Hacedlo si podéis.
Oigo a la derecha estas palabras: "Tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi Iglesia"
(Mat. 16: 18). Contestaré esta objeción después, mis venerables hermanos; más, antes de
hacerlo, deseo presentaros el resultado de mis investigaciones históricas. No hallando
ningun vestigio del Papado en los tiempos apostólicos, me dije a mí mismo: quizá hallaré al
papa en los cuatro primeros siglos y no he podido dar con él. Espero que ninguno de
vosotros dudará de la gran autoridad del santo obispo de Nipona, el grande y bendito San
Agustin. Este piadoso doctor, honor y gloria de la Iglesia católica, fué secretario en el
Concilio de Meline. En los decretos de esa venerable Asamblea, se hallan estas palabras:
"Todo el que apelase a los de otra parte del mar, no será admitido en la comunión por
ninguno en el africa.
Los obispos del Africa reconocían tampoco a los obispos de Roma que castigaban con
excomunión a los que recurriesen a su arbitrio. Estos mismos obispos en el sexto Concilio
de Cartago, celebrado bajo Aurelio obispo de dicha ciudad, escribieron a Celestino, obispo
de Roma, amonestándole que no recibiese a los obispos, sacerdotes o clérigos de Africa;
que no enviase más legados o comisionados y que no introdujese el orgullo humano en la
Iglesia. Que el patriarca de Roma había desde los primeros tiempos tratado de atraerse a sí
mismo toda autoridad, es un hecho evidente; y los es también igualmente, que no poseía
la supremacía que los
Ultramontanos le atribuyen. Si la poseyese, ¿osarían los obispos de
Africa, San Agustín entre ellos, prohibir apelaciones a los decretos de su supremo tribunal?
Confieso, sin embargo, que el patriarca de Roma ocupaba el primer puesto. Una de las
Leyes de Justiniano dice: "Mandamos, conforme a la definición de los cuatro Concilios, que
el Santo Papa de la antigua Roma sea el primero de los obispos, y que su alteza el
arzobispo de Constantinopla, que es la nueva Roma, sea el segundo" Inclínate, pues, a la
supremacía del Papa, me diréis.
No corráis tan apresurados a esa conclusión mis venerables hermanos, proque la Ley de
Justiniano lleva escrito al frente: del orden de sedes patriarcales". Procedencia es una cosa,
y el poder de jurisdicción es otra. Por ejemplo: suponiendo que en Florencia se reuniese
una asamblea de todos los obispos del reino, la procedencia se daría naturalmente al
primado de Florencia, así como entre los occidentales se concedería al patriarca de
Constantinopla y en Inglaterra al arzobispo de Canterbury. Pero ni el primero, segundo o
tercero, podría aducir de la asignada posición una jurisdicción sobre sus compañeros. La
importancia de los obispos de Roma procede no de un poder divino sino de la importancia
de la ciudad donde está la Sede. Monseñor Darvoy no es superior en dignidad al arzobispo
de Avignón; más, no obstante, París le dá una consideración que no tendría, si en vez de
tener su palacio en las orillas del Sena se hallase sobre el Rodano. Esto que es verdadero
en la jerarquía religiosa, lo es también en materias civiles y políticas. El prefecto de Roma
no es más que un prefecto como el de Pisa; pero civil y políticamente es de mayor
importancia aquel.
He dicho ya que desde los primeros siglos, el patriarca de Roma aspiraba al gobierno
universal de la Iglesia; desgraciadamente casi lo alcanzó; pero no consigió ciertamente sus
pretensiones, porque el emperadoro Teodosio II hizo una Ley, por la cual estableció que el
Patriarca de Constantinopla tuviera la misma autoridad que el de Roma. Los padres del
Concilio de Calcedonia, colocan a los obispos de la antigua y de la nueva Roma en la misma
categoría de todas las cosas, aun en las eclesiásticas. (Can. 28). El sexto Concilio de
Cartago prohibió a todos los obispos que se abrogasen el título de príncipes de los obispos
u obispos soberanos. En cuanto al título Obispo Universal, que los Papas se abrogaron
más tarde Gregorio I, creyendo que sus sucesores nunca pensarían en adornarse con él,
escribió estas notables palabras: "Ninguno de mis antecesores ha consentido en llevar este
título profano, porque cuando un Patriarca se abroga a sí mismo el nombre de universal, el
título de patriarca sufre descrédito. Lejos esté pues de los cristianos, el deseo de darle un
título que cause descrédito a sus hermanos".
San Gregorio dirigió estas palabras a su colegio de Constantinopla que pretendía hacerse
primado de la Iglesia. El Papa Pelagio II llamaba a Juan, obispo de Constantinopla, que
aspiraba al sumo pontificado, impío y profano. "No se le importe", decía, "El título universal"
que Juan ha ususrpado ilegalmente, que ninguno de los patriarcas se abrogue ese nombre
profano, porque ¿cuantas desgracias no debemos esperar si entre los sacerdotes se
suscitan tales ambiciones? Alcanzarían lo que se tiene predicho de ellos: "El es el rey de los
hijos del orgullo". (Pelagio" Lett. 13).
Estas autoridades, y podría citar cien más de igual valor, ¿no prueban con una claridad
igual al resplandor del sol en medio del día, que los primero obispos de Roma no fueron
reconocidos como obispos y cabezas de la Iglesia, sino hasta tiempos muy posteriores? Y
por otra parte ¿quien no sabe que desde el año 325, en el cual se celebró el primer Concilio
de Nicéa, hasta 580, año en que fué celebrado el segundo Concilio Ecuménico de
Constantinopla, y entre más de 1,109 obispos que asistieron a los primeros seis Concilios
Generales, no se hallaron presentes más que 19 obispos de occidente?.
¿Quien ignora que los Concilios fueron convocados por los emperadores, sin siquiera
informarle de ello, y frecuentemente aun en oposición a los deseos del obispo de Roma? O
¿que Osio, obispo de Córdova, presidió el primer Concilio de Nicéa y redactó sus cánones?
El mismo Osio, presidiendo después el Concilio de Sárdica, excluyó al legado de Julio,
obispo de Roma. No diré más, mis venerables hermanos, y paso a hablar del gran
argumento a que me referí anteriormente para establecer el Primado del obispo de Roma.
Por la roca (petrea), sobre que la Santa Iglesia está edificada, entendéis que es Pedro. Si
esto fuera verdad, la disputa quedaría terminada; más nuestros antepassados, y
ciertamente debieron saber algo, no se oponían sobre esto como nosotros, San Cirilo, en
su cuarto libro sobre la Trinidad, dice: "Creo por la roca debéis entender la fe inmóvil de los
apóstoles". San Hilario, obispo de Poitiers, en su segundo libro sobre la Trinidad, dice: "La
roca (petrea) es la bendita y sola roca de la fe confesada por la boca de San Pedro"; y en
su sexto libro de la trinidad dice: "Es sobre esta roca de la confesión, de la fe, que la Iglesia
está edificada". "Dios, dice San Jerónimo, en el sexto libro sobre San Mateo; ha fundado su
Iglesia sobre esta roca, y es de esta roca que el apóstol Pedro fué apellidado". De
conformidad con él, San Crisóstomo dice en su Homilia 53 sobre San Mateo: "Sobre esta
roca edificaré mi Iglesia, es decir, sobre la fé de la confesión". Ahora bien, ¿cual fue la
confesión del apóstol? Hela aquí: "Tu eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente".
Ambrosio, el santo arzobispo de Milan, sobre el sebgundo capítulo de la Epístola a los
Efesios; San Basilio de Selencia y los padres del Concilio de Calcedonia, enseñan
preceisamente la misma cosa. Entre todos los doctores de la antiguedad cristiana, San
Agustín ocupa uno de los primeros puestos por su sabiduría y santidad. Escuchad, pues,
lo que escribe sobre la primera epístola de San Juan: "¿Que significan las palabras edificaré
mi Iglesia sobre esta roca, sobre esta fe, sobre eso que dices, tú eres el Cristo, el Hijo del
Dios viviente"? En su tratado 124 sobre San Juan, encontramos esta muy significativa
frase: "Sobre esta roca, que tu has confesado, edificaré mi Iglesia, puesto que Cristo
mismo es la roca".
El gran obispo creía tan poco que la Iglesia fuese edificada sobre San Pedro, que dijo a su
grey en su sermón 13: "Tú eres Pedro y sobre esta roca (petrea) que tú has confesado,
sobre esta roca que tú has reconocido: "Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. La
edificaré sobre mí mismo, y no sobre tí". Lo que San Agustín enseña sobre este célebre
pasaje, era la opinión de todo el mndo cristiano en sus días; por consiguiente, reasumo y
establezco:
1o. Que Jesús dió a sus apóstoles el mismo poder que dió a Pedro.
2o. Que los apóstoles nunca reconocieron en San Pedro al Vicario de Jesucristo y al infalible
doctor de la Iglesia.
3o. Que los Concilios de los cuatro primeros siglos, mientras reconocían la alta posición que
el obispo de Roma ocupaba en la Iglesia por motivo de Roma, tan sólo le otorgaron una
preeminencia honoraria, nunca el poder y la jurisdicción.
4o. Que los Santos padres en el famoso pasaje "Tú eres Pedro y sobre esta piedra
edificaré mi Iglesia", nunca entendieron que la Iglesia estaba edificada sobre San Pedro,
sino sobre la roca, es decir, sobre la confesión de la fe del apóstol.
Concluyo victoriosamente, conforme a la historia, la razón, la lógica el buen sentido y la
conciencia cristiana, que Jesucristo no dió supremacía alguna a San Pedro, y que los
Obispos de Roma no se constituyeron soberanos de la Iglesia, sino tan sólo confesando
uno por uno todos los derechos del episcopado. (Voces: ¡Silencio! insolente. Protestante.
¡Silencio!).
¡No soy un Protestante insolente! La historia no es católica, ni anglicana, ni Calvinista, ni
Luterana, ni Armeniana, ni Griega Cismática, ni Ultramontana. Es lo que es decir, algo más
poderoso que todas las confesiones de la fe, que todos los Cánones de los Concilios
Ecuménicos. Escribid contra ella si osáis hacerlo, más no podréis destruirla, como tampoco
sacando un ladrillo del Coliseo, podríais hacerlo derribar. Si he dicho algo que la historia
pruebe ser falso, enseñádmelo con la historia; y sin un momento de titubeo, haré la más
honorable apología. Más tened paciencia, y veréis que todavía no he dicho todo lo que
quiero y puedo y aun si la pira fúnebre me aguardase en la Plaza de San Pedro, no callaría,
porque me siento precisado a proseguir.
Monseñor Dupanleup, en sus célebres "Observaciones" sobre este Concilio Vaticano, ha
dicho, y con razón, que si declaramos a Pío IX infalible, deberemos necesariamente, y de
lógica natural, vernos precisados a mantener que todos sus predecesores eran también
infalibles. Pero, venerables hermanos, aquí la historia levanta su voz con autoridad,
ssegurándonos que algunosPapas erraron. Podréis contestar contra esto o negarlo, si así
os place; más yo lo probaré. El Papa Victor (192) primero aprobó el montanismo y después
lo condenó. Marcelino (296 a 303) era un idólatra. Entró en el Templo de Vesta y ofreció
incienso a la diosa. Diréis que fué acto de debilidad, pero contesto: Un Vicario de Jesucristo
muere, más no se hace apóstata. Liberio (358) consintió en la condenación de Atanasio;
después hizo profesión de Arianismo para lograr que se revocase el destierro y se le
restituyese su sede. Honorio (625) se adhirió al monotolismo; el padre Gatry lo ha probado
hasta la evidencia.
Gregorio I (578 a 590) llama Anticristo a cualquiera que se diese el nombre de Obispo
Universal; y al contrario, Bonifacio III (607 a 608) persuadió al emperador parricida, Phocas
a que le confiriera dicho título. Pascal II (1088 a 1099) y Eugenio III (1145 a 1153)
autorizaron los desafíos , mientras que Julio II (1599) y Pío IV (1560) los prohibieron.
Eugenio IV (1431 a 1439) aprobó el Concilio de Basiléa y la restitución del cáliz a la Iglesia
Bohemia, y Pío II (1458) revoca la concesión. Adriano II (867 a 872) declaró válido el
matrimonio civil; pero Pío VII (1800 a 1823) lo condenó. Sixto V (1585 a 1590) compró
una edición de la Biblia y con una bula recomendó su lectura; más Pío VII condenó su
lectura. Clemente XIV 1700 a 1721) abolió la Compañía de los Jesuitas, permitida por Pablo
II, y Pío VII la restableció.
Más, ¿a que buscar pruebas tan remotas? ¿No ha hecho otro tanto nuestro santo padre
que está aquí, en su bula, dando reglas para este mismo Concilio, en el caso de que
muriese mientras se halla reunido, revocando cuanto en tiempos pasados fuese contrario a
ello, aun cuando procediese de las decisiones de sus predecesores? y, ciertamente, si Pío
IX ha hablado ex cátedra, no es cuando desde lo profundo de su tumba impone su
voluntad sobre los soberanos de la Iglesia. Nunca concluiría mis venerables hermanos, si
tratase de presentar a vuestra vista las contradicciones de los Papas en sus enseñanzas;
por lo tanto, si proclamáis la infalibilidad del Papa actual, tendréis que probar o bien que los
Papas nunca se contradijeron, lo que es imposible, o bien tendréis que declarar que el
Espíritu Santo os ha revelad que la infalibilidad del Papado es tan sólo de fecha 1870. ¿Sóis
bastante atrevidos para hacer esto? Quizá los pueblos esten indiferentes y dejen pasar
cuestiones teológicas que no entienden y cuya importancia no ven; per aun cuando sean
indiferentes a los principis, no lo son en cuanto a los hechos.
Pues bien, no os engañéis a vosotros mismos. Si decretáis el dogma de la infalibilidad
Papal, los Protestantes, nuestros adversarios, montarán la brecha, con tanta más bravura
cuanto tienen la historia de su lado, mientras que nosotros sólo tendremos nuestra
negación que oponerles. ¿Que les diremos cuando expongan a todos los obispos de Roma,
desde los días de Lucas hasta su Santidad Pío IV? ¡Ay! Si todos hubiesen sido como Pío IX
triunfaríamos en toda la línea; más, ¡desgraciadamente no es así! (Gritos de: ¡Silencio,
silencio! ¡Basta, basta!) ¡No gritéis, monseñor! Temer a la historia es confesaros
derrotados. Y, además, aun si pudiérais hacer correr toda el agua del Tibe sobre ella, no
podrías borrar ni una sola de sus páginas. Dejadme hablar y seré tan breve como sea
posible en este importantísimo asunto.
El Papa Virgilio (538) compró el papado a Belizario, teniente del emperador Justiniano. Es
verdad que rompió su promesa y nunca pagó por ello. ¿Es esta una manera canónica de
ceñirse la tiara? El segundo Concilio de Calcedonia lo condenó formalmente. En uno de sus
cánones se lee: "El obispo que obtenga su episcopado por dinero, lo perderá y será
degradado". El Papa Eugenio III (1145) imitó a Virgilio. San Bernardo, la estrella brillante de
su tiempo, reprendió al Papa, diciéndole:" ¿Podrás enseñarme en esta gran ciudad de Roma
alguno que os hubiere recibido por Papa sin haber primero recibido oro o plata por ello?.
Mis venerables hermanos: ¿será el Papa que establece un banco a las puertas del templo,
inspirado por el Espíritu Santo? ¿Tendrá derecho de enseñar a la Iglesia la infalibilidad?
Conocéis la historia de Formoso demasiado bien, para que yo pueda añadir nada. Esteban
VI hizo exhumar su cuerpo vestido co ropas Pontificales; hizo cortarle los dedos con que
acostumbraba dar la bendición y después lo hizo arrojar al Tiber, declarando que era un
perjuro e ilegítimo.
Entonces el pueblo aprisionó a Esteban lo envenenó y lo agarrotaron. Más, ved cómo las
cosas se arreglaron. Romano, sucesor de Esteban, y tras él, Juan X, rehabilitaron la
memoria de Formoso. Quizá me diréis, esas son fábulas no historia. ¡Fábulas: Id,
monseñores, a la librería del Vaticano y leed a Platina, el historiador del Papado, y los anales
del Baronio (897). Estos son hechos qué, por honor de la Santa Sede, desearíamos
ignorar; más cuando se trata de definir un dogma que podría provocar un gran cisma en
medio de nosotros, el amor que abrigamos hacia nuestra venerable madre la Iglesia
Católica, apostólica y Romana, ¿deberá imponernos el silencio? Prosigo, El erudito cardenal
Baronio, hablando de la corte Papal, dice: .....
Haced atención, mis venerables hermanos, a estas palabras. "¿Que parecía la Iglesia
Romana en aquellos tiempos? ¡Que infamia! Sólo las poderosísimas cortesanas gobernaban
en Roma. Eran ellas laas que daban, cambiaban y se tomaban obispos; y, ¡horrible! es
relatarlo, hacían sus amantes, los falsos Papas, subir al trono de San Pedro". (Baronio,
912). me contestaréis: esos eran Papas falsos, no los verdaderos. Séalo así, más en este
caso, si por cincuenta años. la Sede de Roma se hallaba ocupada por anti-Papas, ¿cómo
podréis reunir el hilo de la sucesión Papal? ¡Pues qué! ¿Ha podido la Iglesia existir, al
menos por el término de un siglo y medio sin cabeza, hallándose acéfala? ¡Notad bien! La
mayor parte de esos anti-Papas se ven en el árbol genealógico del Papado y, seguramente,
deben ser éstos los que describe Baronio, por que aun Genebrardo el gran adulador de los
Papas, se atrevió a decir en sus crónicas (901)
"Este centenario a sido desgraciado, puesto que por cerca de ciento cincuenta años los
Papas han caido de las virtudes de sus predecesores y se han hecho apóstatas más bien
que apóstoles". Bien comprendo porqué el ilustre Baronio se avergonzaba al narrar los
actos de obispos romanos. Hablando de Juan XI (931), hijo natural del Papa Sergio y de
Marozia, escribió estas palabras en sus Anales: "La Santa Iglesia, es decir la Romana, ha
sido vilmente atropellada por un monstruo, Juan XII (956), Elegido Papa a la edad de 18
años, mediante las influencias de las cortesanas, no fué en nada mejor que su predecesor".
Me desagrada, mis venerables hermanos, tener que mover tanta suciedad. Me callo tocante
a Alejandro VI padre y amante de Lucrecia; doy la espalda a Juan XXII (1219) que negó la
inmortalidad del alma y que fué depuesto por el Santo Concilio Ecuménico de Constanza.
Algunos alegarán que este Concilio sólo fue privado. Séalo así; pero si le negáis toda clase
de autoridad, deberéis deducir como consecuencia lógica, que el nombramiento de Martín V
(1417) éra ilegal. Entonces, ¿donde va a parar la sucesión Papal? ¿Podréis hallar su hilo? no
hablo de los cismas que han deshonrado a la Iglesia. En esos desgraciados tiempos la sede
de Roma se halla ocupada por dos y a veces hasta por tres competidores. ¿Quién de estos
era el verdadero Papa?
Resumiendo una vez más, vuelvo a decir que, si decretáis la infalibilidad del actual obispo
de Roma, deberíais establecer la infalibilidad de todos los anteriores, sin excluir a ninguno.
Más, ¿podréis hacer esto cuando la historia está allí probando con una claridad igual a la del
sol mismo, que los Papas han errado en sus enseñanzas? ¿Podréis hacerlo y sostener que
Papas avaros, incestuosos, homicidas, simóniacos, han sido Vicarios de Jesucristo? ¡Ay,
venerables hermanos!, mantener tal enormidad sería hacer traición a Cristo peor que
Judas; sería hecharle suciedad a la cara (Gritos: ¡Abajo del púlpito! ¡Cerrad! la boca del
hereje)
Mis venerables hermanos, estáis gritando. ¿Pero no sería más digno pesar mis razones y
mis palabras en la balanza del santuario? Creedme, la historia no puede hacerse de nuevo;
allí está y permanecerá por toda la eternidad, protestando enérgicamente contra el dogma
de la infalibilidad Papal. Podéis declararla unánime, ¡pero faltaría un voto, y ese será el mío.
Los verdaderos fieles, monseñores, tienen los ojos sobre nosotros, esperando de
nosotros algún remedio, para los innumerables males que deshonran la Iglesia.
¿Desmentiréis sus esperanzas ¿Cual no será nuestra responsabilidad ante Dios, si dejamos
pasar esta solemne ocasión que Dios nos ha dado para curar la verdadero fe?
Abracémosla, mis hermanos; amémonos con un ánimo santo; hagamos un supremo y
generoso esfuerzo. Volvamos a la doctrina de los apóstoles, puesto que fuera de ella, no
hay más que horrores, tinieblas y tradiciones falsas. Aprovechemos de nuestra razón e
inteligencia, tomando a los apóstoles y profetas por nuestros únicos maestros, en cuanto
a la cuestión de las cuestiones: "¿Que debo hacer para ser salvo? Cuando hayamos
decidido esto habremos puesto el fundamento de nuestro sistema dogmático, firme e
inmóvil como la roca, constante e incorruptible de las divinamente inspiradas Escrituras.
Llenosde confianza, iremos ante el mundo y como el apóstol San Pablo en presencia de los
libres pensadores, no reconocermos a nadie "más que a Jesucristo y éste Crucificado",
Conquistaremos la predicación de la "locura de la Cruz", así como San Pablo conquistó a los
sabios de Grecia y Roma, y la Iglesia Romana tendrá su glorioso 89. (Gritos clamorosos:
¡Bájate. ¡Fuera el Protestante, el Calvinista, el traidor a la Iglesia)
Vuestros gritos, monseñores, no me atemorizan. Si mis palabras son calurosas, mi cabeza
está serena Yo no soy de Lutero, ni de Calvino,, ni de Pablo, ni de apóstoles, pero si de
Cristo. (Renovados gritos: ¡Anatema! ¡Anatema al apóstata). ¡Anatema, monseñores,
anatema! Bien sabéis que no estáis protestando contra mí, sino contra los santos
apóstoles, bajo cuya protección desearía que este concilio colocase a la Iglesia! ¡Ah!, si
cubiertos con sus mortajas saliesen de sus tumbas, ¿hablarían de una manera diferente de
la mía? ¿Que les diríais cuando con sus escritos os dicen que el Papado se ha apartado del
Evangelio del Hijo de Dios, que ellos predicaron y confirmaron generosamente con su
sangre? ¿Os atreveíais a decirles: "preferiamos las doctrinas de nuestros Papas, nuestro
Belarmino, nuestro Ignacio de Loyola a la vuestra?" No, mil veces no! a no ser que hayáis
tapado vuestros oidos para no oir, cubierto vuestros ojos para no ver, y embotado
vuestra mente para no atender.
¡Ah! Si el que reina arriba quiere castigarnos, haciendo caer pesadamente su mano sobre
nosotros, como hizo a Farahón, no necesita permitir a los soldados de Garibaldi que nos
arrojen de la ciudad eterna. Bastará con decir que hagáis a Pío IX un Dios, así como se ha
hecho una diosa a la bienaventurada Virgen.
¡Deteneos!, ¡deteneos! venerables hermanos, en el odiioso y ridículo precipicio en que os
habéis colocado. Salvad a la Iglesia del naufragio que la amenaza, buscando en las
sagradas escrituras solamente la regla de la fe que debemos creer y profesar. He dicho
¡Dígnese Dios asistirme!.

Autor:
Joseph Georg Strossmayer.
Nació: Essegg en Croacia-Eslavonia, el 4 de febrero de 1815.
Ordenado sacerdote católico en 1838.
Doctor en Filosofía, graduado en Budapest en 1840.
Doctor en Teología, graduado en Viena en 1842.
Profesor de Ley Canónica en la Univ. de Viena.
18 de noviembre de 1849 nombrado obispo de Diakovar.
Alministrador papal de Belgrado
En 1898 el papa León XIII le confirió el palio.
Murió: 8 de abril de 1905.
La vida de todos los papas
Infalibilidad papal