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Oscar A. Domínguez L.
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Ignasio de Antioquía







Uno de los llamados Padres de la Iglesia muy cercano cronológica-
mente al tiempo de los primeros apóstoles.  Se dice que mientras
iba cautivo en camino de Siria a Roma redactó varias cartas a los fieles
de diversas partes del imperio romano.  Sabiendo que iba a ser
ejecutado o, como él mismo escribió: "para ser trigo de Dios,
molido por los dientes de las fieras", en todo momento se mostró
totalmente confiado en la salvación eterna de su alma y oró por
quienes lo llevaban cautivo.

Su arresto y martirio en el circo romano a comienzos del siglo II son ampliamente conocidos,
aparte de eso, sólo se sabe que fue obispo de la ciudad de Antioquía en Siria.  De él casi sólo se
conoce el final victorioso de su vida, pero se le reconoce como uno de los Padres de la iglesia.

Las cartas de Ignacio se perdieron por muchos siglos, para hallarlas a lo largo de los siglos XVI y
XVII.  Estas cartas encontraron una enorme oposición de muchos teólogos protestantes como
Juan Calvino, quien las estimó como fraudulentas, especialmente el modelo de la iglesia católica.  
Finalmente en el siglo XIX se alcanzó un consenso sobre cuántas cartas, cuáles y en qué medida
fueron escritas realmente por Ignacio. Hoy se reconoce que Ignacio escribió cartas a las
comunidades cristianas de Éfeso, Magnesia del Meandro, Trales, Roma, Filadelfia y Esmirna, una
carta al obispo Policarpo de Esmirna, otro de los Padres de la Iglesia.  Los escritos de Ignacio son
contemporaneos con la redacción de los evangelios.  Sus cartas aportan valiosos indicios sobre la
situación de las comunidades cristianas a finales del siglo I y comienzos del siglo II.

En contra del Docetismo
Para aclarar cualquier duda que pudiera existir respecto a la herejía del Docetismo, Ignacio de
Antioquía escribió a los fieles de Esmirna:  
     
Jesucristo es verdaderamente del linaje de David según la carne, pero Hijo de Dios por la
voluntad y poder divinos, verdaderamente nacido de una virgen y bautizado por Juan para que se
cumpliera en Él toda justicia, verdaderamente clavado en cruz en la carne por amor a nosotros
bajo Poncio Pilatos y Herodes el Tetrarca (del cual somos fruto, esto es, su más bienaventurada
pasión); para que Él pueda alzar un estandarte para todas las edades por medio de su
resurrección, para sus santos y sus fieles, tanto si son judíos como gentiles, en el cuerpo único
de su Iglesia. Porque Él sufrió todas estas cosas por nosotros para que pudiéramos ser salvos; y
sufrió verdaderamente, del mismo modo que resucitó verdaderamente; no como algunos que no
son creyentes dicen que sufrió en apariencia, y que ellos mismos son mera apariencia. Y según
sus opiniones así les sucederá, porque son sin cuerpo como demonios.