Tertuliano escribió esta carta en el año 197 d.C.  Fue dirigida a los cristianos que esperaban el
momento en que serían sacrificados en el circo romano.

A los mártires

Benditos mártires elegidos. Al igual que con el alimento para el cuerpo que la iglesia y los
hermanos de su pecunio les han provisto ahora que están en prisión, reciban de mi parte una
ofrenda que contribuya a sustento de su espíritu. Porque no es bueno que la carne tenga festín
mientras que el espíritu padece hambre. Ciertamente si se le prodiga cuidado a lo que es débil, no
hay razón para descuidar lo que es aún más débil.
No es que yo esté especialmente dotado o capacitado para exhortarlos. Pero aun los gladiadores
más consumados son animados no sólo por sus entrenadores sino también desde lejos por la
gente inexperta en el arte que un gladiador domina a la perfección. A veces, una palabra de
alguien en la multitud le ha servido de mucho.
En primer lugar, oh benditos, no contristen al Espíritu Santo que ha entrado en la cárcel
juntamente con ustedes. Porque si no los hubiera acompañado y sostenido en la presente
tribulación, ya no estarían con vida. Cuiden entonces de manetenerse en comunión con Él, de
seguir su guianza cuando los saque de la prisión para llevarlos ante el Señor Jesús.
Cierto es que la prisión es la casa del diablo; ya lo han derrotado afuera, pero ahora han llegado
con el propósito de hollarlo en su propia casa.
No le permitan decir: "Ahora están en mis dominios, los voy a tentar con odios, bajas pasiones,
disención entre ellos mismos". Por el contrario, háganlo huir, que se enrolle, que huya de ustedes
como serpiente que es echada con humo y que se esconda en lo más profundo de su foso. No
permitan que el reino del mal tenga la victoria de verlos que se vuelven unos contra otros, sino
antes bien que los encuentre fortalecidos con los lazos de paz entre unos y otros. La paz entre
ustedes significa guerra contra el diablo. Algunos asombrados de hallar la paz en la iglesia reciben
aun mayor testimonio al ver la paz reinando entre los mártires que están en prisión. Por esta razón
deben tener cuidar y preservar la paz entre ustedes, para que acaso puedan ministrarle esa paz a
otros también.
Posiblemente los han acompañado hasta la prisión muchos pensamientos que son cargas para el
espíritu, sus familiares posiblemente los han acompañado también. Desde que ingresaron a la
cárcel han sido separados físicamente del mundo, tanto más han sido separados han sido
separados de sus maneras y su perverso espíritu. No dejen que la separación del mundo los
acongoje. Si reflexionamos, es el mundo el que realmente está en prisión. Realmente dejaron la
prisión en vez de entrar a una.
El mundo tiene la más grande oscuridad, ciega los ojos de los hombres. El mundo pone las
cadenas más pesadas, aprisionando el alma del ser humano. El mundo respira las más bajas
impurezas, las pasiones humanas.
Finalmente el mundo que han dejado contiene el numero más alto de criminales, es decir toda la
raza humana, de hecho está esperando sentencia no de un proconsul o un juez terrenal, sino de
Dios.

Por tanto benditos, considérense a sí mismos como transferidos de una cárcel a lo que podemos
llamar un lugar seguro. Ciertamente hay tineblas en la cárcel, pero ustedes son luz, hay cepos,
pero ante Dios son libres. Se respira un olor nauseabundo, pero ustedes son dulce aroma. Se
espera que el juez llegue en cualquier momento, pero por causa de ustedes se dictará sentencia
sobre los mismos jueces.

Posiblemente se entristezca aquel que suspira por los placeres mundanos. El cristiano aunque no
esté en la cárcel ha renunciado al mundo, si está en la cárcel también ha renunciado a ella.  No
importa en qué parte del mundo se encuentre, el cristiano ha renunciado a él.  Si se ven privados
de algunas cosas de la vida, recuerden que sacrificando algo es como se logran ganancias en los
negocios, sin mencionar la recompensa que Dios tiene reservada para sus mártires. Mientras
tanto, comparemos la vida en la prisión con la vida en el mundo y veamos si no es que mientras
que la carne pierde algo pequeño y hasta insignificante, el espíritu gana enormemente.

Gracias al cuidado de la iglesia y al amor de algunos hermanos, su carne no adolece de lo
necesario aunque estén encarcelados, mientras que el espíritu obtiene lo que es de gran beneficio
para la fe. Estando confinados entre esos muros, no se vuelven a dioses ajenos, ni a perversos
ídolos, ni siquiera se ven involuntariamente participando en festividades paganas, no son plagados
ni tentados con los aromas de las fiestas y los banquetes, no los atormentan los espectáculos
paganos, ni el frenisí desvergonzado de los que toman parte de las celebraciones; sus ojos no
caen sobre las casas de perversión, están alejados y libres de ser inducidos por el pecado, de las
tentaciones, de las perversiones, verdaderamente libres hasta de la persecución.

La prisión le ofrece ahora a los cristianos lo que sólo el desierto le podía ofrecer a los profetas.
Nuestro Señor Jesús mismo buscaba muchas veces la soledad del desierto para orar con más
libertad, para alejarse del mundo del que han sido alejados ustedes. Fue en un lugar alejado
donde le manifestó su gloria a los discípulos. Hagamos a un lado la palabra prisión o cárcel y
llamémosle "un lugar apartado".  Aunque el cuerpo está confinado, aunque la carne está detenida,
no hay nada que no esté abierto al espíritu. En el espíritu tomen un paseo por los alrededores,
pongan delante de ustedes no columnas y sobreados pórticos, sino el camino que lleva a Dios.
Mientras caminen por esa senda, no estarán encarcelados.

La pierna no siente el cepo cuando el espíritu está en el cielo. El espíritu transporta al hombre
completo y lo lleva a donde quiere. Donde se encuentre su corazón, allí estará también su tesoro.
Pongamos nuestro corazón donde estará nuestra recompensa y nuestro tesoro.

Benditos del Señor, la prisión es desagradable aun para los cristianos, sin embargo, fuimos
llamados para servir en el ejército del Señor. Ningún soldado marcha a la batalla cargado de
artículos de lujo, tampoco se levanta directo de la cama a la batalla. Por el contrario, su morada es
en tiendas pequeñas e incómodas, donde vive con mucha austeridad e inconvenientes.

Aún en tiempo de paz, los soldados son preparados para la guerra por medio de trabajos y
circunstancias duras. Por medio de largas marchas, practicando maniobras en el campo, cavando
trincheras, aprendiendo a protegerse colectivamente. Nada se logra sin trabajos, sufrimiento y
sudor. De lo contrario los soldados se asustarían hasta de su propia sombra, o de pasar del sol a
la nieve, del silencio previo a la batalla al grito de guerra, del descanso al fragor de la batalla. De
igual manera oh benditos, consideren las dificultades que afrontan en este momento como un
ejercicio para su cuerpo y su mente. Están por entrar a un noble torneo, en el que el Dios viviente
hará de superintendente y el Espíritu Santo será su entrenador. Un torneo en el que la corona es
la eternidad, cuyo premio es angelical, la ciudadanía en el cielo por siempre y siempre. Y su Señor,
Jesús el Cristo que los ha ungido con su Espíritu y los ha traído a su campo de entrenamiento, ha
resuelto sacarlos de una manera de vida suave y cómoda y ponerlos en un régimen duro y
austero, para que su fortaleza aumente. Porque los atletas han de ser apartados para un
entrenamiento más rígido para que su fortaleza se incremente. Son alejados de la vida suntuosa,
de comidas suculentas, de bebidas deliciosas. Son sujetos a trabajos torturantes, son cansados al
máximo; entre más duro haya sido su entrenamiento, mayor será su esperanza de victoria. Y el
apóstol nos dice que los atletas hacen todo esto para ganar una corona que perece. Nosotros que
estamos por ganar una corona eterna reconocemos que la prisión es nuestro campo de
entrenamiento. Que saldremos al campo del torneo, que nos pararemos delante del juez bien
entrenados y acostumbrados a todo trabajo y esfuerzo, porque la fortaleza es construida con fatiga
y austeridad, pero es destruida con la vida suave y fácil.

Las enseñanzas del Señor nos dicen que aunque el espíritu está dispuesto, la carne es débil. No
tomemos esa aseveración como un permiso para holgarnos en la debilidad de la carne porque Él
tenía un propósito al declarar primero que el espíritu estaba dispuesto; Él quería mostrar cuál de
los dos debía estar sujeto al otro. Es decir, que la carne debe estar sujeta al espíritu. La más débil,
al más fuerte. Así la primera recibe fortaleza del segundo.

Permitamos que el espíritu converse con la carne sobre su común salvación, sin pensar más en las
durezas de la prisión, sino en la lucha de este torneo. La carne posiblemente le tenga miedo a la
pesada espada y la terrible cruz o las fieras salvajes enloquecidas de rabia, o a la muerte más
terrible de todas, el ser quemado vivo después de pasar por todas las torturas, pero permitamos
que el espíritu presente el otro lado de la moneda; ciertamente, estos sufrimientos son terribles, sin
embargo, muchos los han soportado pacientemente. Algunos hasta los han buscado
voluntariamente en busca de la gloria eterna. Y esto es cierto no tan solo respecto a hombres, sino
también mujeres. Por lo tanto, oh benditas mujeres, sean dignas de su sexo.

Tomaría demasiado tiempo enumerar a todos aquellos que obedeciendo a un impulso de su mente
pusieron fin a su propia vida por la espada. Entre las mujeres que hicieron así está Lucrecia que
se suicidó ante su familia antes de ver mancillada su castidad. Mucius quemó su mano derecha
como muestra de su estoicismo. Los filósofos tampoco carecieron de ese arrojo***, Heráclito por
ejemplo puso fin a su vida ahogandose en una pila de estiercol; Empédocles también, que saltó al
fuego del monte Etna. Peregrinus hace poco se lanzó a una pira funeraria. ¿Por qué hombres y
mujeres han desdeñado las voraces llamas? Dido ante la partida del hombre que amaba, prefirió
las llamas antes que tener que casarse con otro hombre. Cuando Cartago estaba prendida en
llamas, la esposa de Asdrubal prefirió correr hacia el fuego y morir con sus hijos antes que ver a su
esposo suplicar misericordia a los pies de Escipión.

Regulus, un general romano tomado prisionero por los cartagineses, antes de aceptar el canje de
su vida por la de muchos soldados enemigos, prefirió morir dentro de un sarcófago que luego fue
atravesado por grandes clavos. Cleopatra prefirió ser muerta por el veneno de las serpientes
antes de entregarse al enemigo.

Ustedes podrían objetar y decir: "Pero el miedo a las torturas es mayor que el miedo a la muerte"
Recuerden a la cortesana ateniense acusada de conspiración, que siendo torturada por orden del
tirano, en vez de denunciar a sus camaradas, en sus últimos momentos se mordió la lengua,
cercenó una parte y se la escupió a la cara al tirano que personalmente la interrogaba, para
demostrarle que el sufrimiento prolongado no podría hacer nada contra ella.

Todo mundo sabe de la fiesta más importante de los Lacedemonianos llamada "diamastigosis" o
sea la flagelación. En este rito todos los jóvenes nobles son flagelados delante de un altar mientras
sus padres y parientes los animan a soportar. Para ellos es gran orgullo poder soportar el dolor y
luego portar las profundas cicatrices que los marcan de por vida.

Por tanto, si la gloria terrenal es tan codiciada, si con tal de obtener la alabanza de sus
conciudadanos soportan torturas, las llamas, la espada, el ser atravesados con clavos, ser
mordidos por serpientes; entonces puedo decir que los sufrimientos que soportan son
insignificantes en comparación con la recompensa divina y la gloria celestial. Si la cuenta de vidrio
es tan cotizada, ¿Cuánto más vale la perla verdadera? Entonces, ¿Quién no va a estar dispuesto
a pagar por la verdadera lo mismo que otros pagan por la falsa?

No me propongo exaltar la ambición y la morbidez que se ha apoderado de los crueles concursos
que menciono arriba. Cuantos jóvenes pertenecientes a las clases acomodadas motivados por su
ansia de elogios se hacen gladiadores. Ciertamente la vanidad los hacen descender hasta la
arena y piensan que son más atractivos por las cicatrices y las mordidas de fieras. Algunos hasta
se han sometido a pruebas en las que tienen que correr una distancia determinada con una túnica
en llamas.

Todo lo anterior, oh amados, lo permite el Señor con el propósito de animarnos en este momento
crítico, no sea que demos pie atrás y no querramos sufrir por la verdad mientras que otros
estuvieron dispuestos a sufrir lo mismo por la vanidad, la mentira y la perdición.

No hablemos más de esos ejemplos de perseverancia inspirados en la vanidad y la ambición
desordenada. Volvámonos a la contemplación del camino seguido por las personas que sin pensar
en ello tuvieron que soportar inmensas viscicitudes***. En las guerras, ¿Cuántas personas han
sido quemadas vivas? ¿Cuántos han sido devorados por bestias salvajes en las montañas o en la
ciudad después de haber escapado de sus jaulas? ¿Cuántos han muerto a espada a manos de
ladrones? ¿Cuántos han sido insultados, torturados, y luego han muerto en la cruz debido a falsas
acusaciones de sus enemigos?

Por lo demás, estamos dispuestos a padecer por la causa de Dios, que nuestros días presentes
sirvan de testimonio.

                                     Tertuliano
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