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Carta de Lutero al arzobispo Albrecht de Mainz
Octubre 31 de 1517
Al muy reverendo padre en Cristo y muy ilustre señor Albrecht de Magdeburgo y Mainz, arzobispo
y primado de la iglesia, Margrave de Brandemburgo, etc., su propio señor y pastor en Cristo, digno
de toda reverencia y temor y muy lleno de gracia.
¡Jesús, La gracia de Dios esté con usted en su plenitud y poder!
Perdone, muy reverendo padre en Cristo y muy ilustre príncipe, si yo, lo último de la humanidad,
tengo tanta audacia que me he atrevido a pensar en enviar una carta a lo alto de su sublimidad.
El Señor Jesús es mi testigo que consciente de mi bajeza insignificancia he pospuesto lo que ahora
soy lo suficientemente sinvergüenza para hacer. Movido más que nada por el deber de fidelidad
que comprendo que le debo a su muy reverenda paternidad en Cristo. Mientras, su alteza decida
echar una mirada sobre un grano de polvo y por causa de su pontífica clemencia escuche mi
oración.
Las indulgencias papales para la construcción de la [Basílica de] San Pedro están circulando bajo
su muy distinguido nombre y respecto a ellas yo no traigo acusaciones contra lo que claman los
predicadores, que yo [mismo] no he escuchado, tanto como me lamento de todas las falsas
impresiones que la población ha concebido a partir de lo dicho por los predicadores de las
indulgencias. Estas infelices almas creen que si han comprado indulgencias su salvación está
asegurada, de nuevo, creen que tan pronto como echan el dinero en la alcancía, las almas vuelan
del purgatorio. Más aún, que estas gracias (las gracias conferidas con las indulgencias) son tan
grandes que no hay pecado demasiado grande que no pueda ser absolvido por ellas; como dicen,
aunque es imposible: Si alguno ha violado a la madre de Dios, ese hombre es librerado de toda
pena y pecado por las indulgencias.
¡Oh Dios bueno! Estas almas encomendadas bajo su cuidado, padre bueno, están siendo
enseñadas a seguir el camino de la muerte y las cuentas estrictas que usted deberá rendir por los
tales, crece y crece. Por esta razón ya no he podido guardar silencio a este respecto, porque no
es por un regalo de un obispo que el hombre puede estar seguro de su salvación ya que no logra
esa certeza ni por la gracia derramada por Dios, por lo que el apóstol nos llama a ".ocuparnos en
nuestra salvación con temor y temblor", y Pedro dice "...el justo con dificultad se salva".
Finalmente, tan angosto es el camino que lleva a la vida que el Señor por medio de los profetas
Amós y Zacarías llama a los que serán salvos "arrebatados del fuego" y por todas partes declara la
dificultad de la salvación.
Por qué entonces los predicadores de perdón, por medio de estas falsas promesas y fábulas torna
a la gente [de temerosa de Dios en] descuidada y sin temor. Ya que las indulgencias no nos
confieren ningún buen don ni para salvación ni para santidad, sino solamente quita la pena
exterior que era costumbre imponer de acuerdo a los cánones.
Finalmente, las obras de piedad y amor son infinitamente mejores que las indulgencias pero no
son predicadas con tal ceremonia y celo; no, por causa de la predicación de las indulgencias,
aquellas son dejadas a un lado, aunque es el primero y único deber de todos los obispos que la
gente aprenda el evangelio y el amor de Cristo, porque Cristo nunca enseñó que se debían
predicar indulgencias. Cuan grande es entoces el horror, cuan grande el peligro para un obispo,
si él permite que el evangelio se acallado y nada más que el ruido de las indulgencias se difunda
entre su gente, no les dirá Cristo: Cuelan el mosquito y se tragan el camello.
Además de esto, muy reverendo padre en el Señor (sin duda sin su conocimiento y sin su
consentimiento) se dice en la instrucción que a nombre suyo se da a los comisarios, que una de
las principales gracias de indulgencia es el inestimable don de Dios por medio del cual el hombre
es reconciliado con Dios, y todas las penalidades del purgatorio son destruidas. De nuevo, se dice
que la contricción no es necesaria para aquellos que compran almas (compran la salida de las
almas que están en el purgatorio) o compran confesionalia.
Pero qué puedo yo hacer? Buen primado y muy ilustre príncipe, excepto rogar su muy reverenda
paternidad, por el Señor Jesucristo que usted se digne a ver (en este asunto) con ojos de amor
paterno y termine con ese tratado e imponga sobre los predicadores de perdones otra forma de
prédica; no sea que se levante alguno que publique y confronte a los predicadores y al tratado
para vergüenza de su muy ilustre sublimidad. Yo no me atrevo a pensar que eso será hecho, pero
temo que sucederá, a menos que se ponga un pronto remedio.
Ruego que su muy ilustre gracia en el espíritu de un príncipe y un obispo, con la mayor clemencia
se digne aceptar los fieles oficios de mi insignificancia, mismos que ofrezco con un corazón fiel.
Siempre dedicado a usted muy reverendo padre, ya que yo también soy parte de su rebaño.
Que el Señor Jesús guarde eternamente su muy reverenda paternidad, amén.
Desde Wittemberg en la vigilia de todos los santos, MDXVII.
Si le place al Muy Reverendo Padre, puede ver mis disputas, y ver qué dudosa cosa es la opinión
de las indulgencias que estos hombres están propagando como si fueran ciertísimas.
Al Más Reverendo Padre,
Hermano Martín Lutero.
Los escritos
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