Colegio Evangélico La Palabra
Quetzaltenango, Guatemala C.A.
Oscar A. Domínguez L.
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M. TVLLI CICERONIS IN M. ANTONIVM ORATIO PHILIPPICA PRIMA
PRIMERA FILÍPICA

Antes de exponer, padres conscriptos, lo que
creo debo decir de la república en la ocasión
presente, explicaré con brevedad los motivos de
mi partida y de mi regreso. Creyendo que al fin
volvía a entrar la república bajo vuestra dirección
y gobierno, decidido estaba a permanecer aquí,
atento a los negocios públicos como consular y
senador, y en verdad ni me alejé un paso ni aparté
los ojos de la república desde el día en que
fuimos convocados en el templo de la diosa
Telus.
En dicho templo, y en cuanto de mi parte
estuvo, eché los fundamentos de la paz,

renovando el antiguo ejemplo de los atenienses y
empleando la misma palabra que usaron entonces
los griegos para pacificar sus disensiones. Mi
dictamen fue que se debían borrar con eterno
olvido todas las pasadas discordias.
Admirable fue entonces el discurso que
pronunció M. Antonio, quien no mostró menos
buena voluntad, confirmándose al fin la
tranquilidad por su intervención y la de sus hijos
con los principales ciudadanos. A estos principios
ajustaba sus demás actos, y a las reuniones que se
celebraban en su casa para tratar de los negocios
de la república eran citados los más autorizados
personajes. Traía a este orden senatorial
proposiciones muy buenas; seria y dignamente
respondía a cuanto se le preguntaba, y en los
registros de César no se encontraba más que lo
que todo el mundo sabía.  

¿Hay en ellos, se le preguntaba, algunos deste-
rrados restituidos a la patria? Uno solamente,
respondía. ¿Hay algunos privilegios concedidos?
Ninguno, respondía. Hasta quiso que
asintiéramos al deseo del preclaro Servio
Sulpicio,
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quien proponía que después del quince
de marzo no se publicara ningún decreto o gracia
de César. Prescindo de otras muchas y excelentes
cosas para llegar pronto a referir el hecho más
singular de M. Antonio. Abolió por completo en
la república el cargo de dictador, que ya tenía
índole de poder regio, sobre lo cual ni siquiera
dimos dictamen. Trajo escrito el senadoconsulto
que quería se promulgase, y, leído, todos con el
mayor gusto nos conformamos con él, acordando
el Senado darle las gracias en los términos más
honrosos.

Al parecer, amanecía nuevo día. No sólo era
desterrada la tiranía que nos había sojuzgado,
sino también el temor de volver a ella. Al abolir
el cargo de dictador, daba M. Antonio a la
república la mejor prueba de querer la libertad de
Roma, y suprimiendo la dictadura, que en
algunos casos fue legítima y conveniente, quitaba
el miedo de que se reprodujese con carácter de
perpetuidad.

Esta transcripción continuará pronto.